

No intento hacer una parodia del brillante artículo (La cosa Berlusconi) que el premio Nobel José Saramago escribió en referencia al primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, y que el diario El País publicó en su última edición dominical.
Tampoco intento parafrasear el texto, pero bien que viene como anillo al dedo el título, para referirme a una cosa de redondez descarada en estos tiempos de crisis; una cosa con forma humana, de efecto mutante, signo vivo y coleante del egocentrismo y del exceso de litio: la cosa García... Pero esta cosa no viene sola. Su metamorfosis viene acompañada de un séquito de amebas y de cigotos que cuecen más cigotos, siempre en estado putrefacto.
Siento dar muchas vueltas al ruedo. Pero la presentación de esta "cosa" me revuelve bastante más de lo usual el estómago. Y la conciencia. Y la vida misma... todo cuando se trata de ver a vendas caídas la lamentable realidad reinante en la aún frondosa Amazonia peruana.
Se está ordenando, a bala y espada, la muerte de nuestros hermanos nativos sin contemplación alguna. Ordenanza que la cosa García y sus secuaces han dictaminado y que, en su empecinamiento por hacer más libre el tratado con EE.UU. y en vender las tierras de la Amazonia, ocasionan muertes, violencia y roja sangre salvajemente derramada, tanto de nativos como de policías.
Y allí, ponen su grano de arena los que informan de manera sesgada los hechos, queriendo tapar el sol con el dedo del engaño y de los falsos acuerdos, sin hacer hincapié en que se están violando los derechos de los pueblos indígenas a ser consultados sobre lo que pretenden hacer en sus tierras, en sus hogares ancestrales; sin hacer hincapié en el pequeño detalle del convenio 169 de la OIT, que reconoce este derecho propio de las comunidades nativas.
La cosa García muta y desvía como siempre la culpa a otros, ¿es novedad?
Solo el Perú de César Vallejo, de Arguedas, de Delfín o de Ribeyro tiene en sus ojos la facultad de mirar, para ver y de ver para reparar, como diría Saramago. Sobre todo esto último, la necesaria facultad de reparar.
Reparemos entonces, que ya es tiempo y las aguas hierven a punta de la incapacidad de muchos y el puterío que se regocija en la desgracia de los peruanos que, desde siempre, nacieron para ser peruanos de a pie.